Parece haberse calmado la polémica sobre los Centros de Educación Especial (CEE), pero conviene recordar que no es nueva. Ya se planteó al principio de la década, ahora ha vuelto con más presencia mediática y, es de esperar, que en el futuro se repita.

En lo relacionado con las personas con discapacidad generalmente se busca “ponerlas en el centro”, son sus necesidades las que han de marcar las pautas a seguir, pero en esta cuestión parecen ser los olvidados. Cuestiones tan simples como la individualidad de cada persona, los recursos disponibles y la realidad en que nos desenvolvemos se dejan a un lado para imponer modelos teóricos cuyo único resultado ha sido conseguir la confrontación.

Todos somos diferentes y necesitamos cosas diferentes, no parece razonable por tanto limitar el acceso a cualquier medio que nos permita desarrollar nuestro potencial.

Los recursos dedicados a la acción social son limitados y la evolución demográfica nos hace prever un futuro desalentador al respecto. Por tanto promover acciones cuya consecuencia inmediata es la necesidad de más recursos no parece sensato, no entendiendo con esto que haya que resignarse, al revés, hay que seguir avanzando en lo social y en la consecución de más medios para ello, pero siendo conscientes de la realidad que nos ha tocado vivir y de que las respuestas han de ser sostenibles, y por lo tanto viables.

Educación Inclusiva y Educación Especial no son excluyentes, son complementarias e intentan dar respuesta a situaciones diferentes con el objetivo de mejorar la calidad de vida de aquellos que son más vulnerables. Cada uno lo que necesite.

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