Tiene 25 años (cumpleaños feliz… cantaba Jaime). Hace tiempo que dejó de ser un niño y muchas veces me olvido de ello. Es mayor, ya no le gustan las mismas cosas y quiere elegir.

 

Nuestros hijos crecen y en ese proceso hay una ruptura que casi siempre genera tensión. Más allá de razones y argumentos reivindican su libertad para opinar y decidir, y esto viene a trastocar algo que hasta entonces creíamos que estaba controlado, a la vez que nos causa pánico por los riesgos que empiezan a asumir.

En el fondo no van a hacer algo distinto a lo que nosotros hicimos (tengo que hacer el esfuerzo de recordar mi inconsciencia, el exceso de energía y la cara de mi madre cuando le discutía algo) aunque, como pasa siempre, las circunstancias sean otras.

Esa rebeldía es necesaria para que formen su personalidad, empiezan a descubrir otras cosas y ya no somos su referencia incuestionable. Aunque nos saquen de nuestras casillas está claro que tenemos que empezar a cambiar la forma en la que nos relacionamos con ellos.

 

Jaime ha devuelto a su cajón la camiseta que le había elegido y escoge otra. Es mayor y decide lo que quiere… y tiene razón, con la que se ha puesto está más guapo.