Por fin, después de una hora sentado en la mesa ha terminado de cenar (cenar se acabó, sí… dice Jaime). No hay prisa.

Trabajar, movernos, divertirnos, todo lo hacemos rápido, y a veces está bien, pero no siempre, todas las cosas necesitan y tienen su tiempo. Estamos rodeados de velocidad, nos arrastra y nos contagiamos de ello, todo lo queremos ahora, lo exigimos, parece que hemos perdido la capacidad de esperar.
Vivimos obsesionados con que el tiempo es oro, pero realmente el tiempo es vida, algo mucho más valioso, que nos supera y que pasa inexorablemente. Y así, nos angustiamos o nos abandonamos, pero la realidad no se explica ni se agota en las posturas extremas.

Son las nueve y es tarde. ¡Vamos Jaime!… un momento, no tan deprisa, dice, lo oyó en una película y lo usa en el instante adecuado. El tiempo con él es de otra manera.

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